Casas rurales Velilla

Lola se reconocía hace unos años como una “mujer pija y con tacones”, pero cambió la vida de Logroño por la tranquilidad y el silencio de Velilla, también en La Rioja. A pesar de estar abandonado y derruido, el pueblo le cautivó a ella y a su marido: compraron un lote de tres casas rurales en el 2005 y fueron restaurando los alojamientos y alimentando su ilusión cada fin de semana. Hasta que Velilla les cautivó por completo y abandonaron la ciudad.

“Cuando terminamos de rehabilitar las casas en 2008 aún Velilla no tenía el aspecto de hoy. No estaban las calles puestas, como suele decirse, cuando llegaban los primeros viajeros. Todos miraban inmediatamente a quien había organizado todo, porque pensaban que era algo así como el centro de la nada. Luego al entrar a las casas volvían a cambiar las caras. Esta vez el que había organizado todo sonreía casi con orgullo, como diciendo: ‘Habéis visto dónde os he traído, ¿eh?’”.

Casas rurales en Velilla, La Rioja

Cada cosa a su tiempo

Lola lo expresa claramente: “No me tocaba en la juventud el campo, pero ahora sí. Es una vida que me encanta aunque he sido pija y con tacones (risas). No quiere decir que no disfrute en las grandes ciudades. ¡Mi hijo vive en Londres y también me encanta!.

Lola disfruta de cuanto ha conseguido y de la vida que ha elegido. Todo en ella desprende ilusión. Recuerda los problemas que van apareciendo en un proyecto como el suyo: que si los obreros no llegan a tiempo, que se levanta un muro donde no toca, que hace falta rehabilitar el puente para cruzar el río, que los amigos no terminan por entender el proyecto. Nada de eso han podido con Lola y su marido.

“¿Sabes esa ilusión de cuando eres adolescente y puedes hacer cualquier cosa? Nada se ponía por delante”. A Lola no le asustó el cambio, pero no imaginaba que ése era sólo uno de tantos otros. “Pensaba: yo ya no tengo nada que hacer, ya he entrado en una edad de apatía… Pero ¡por qué? No era así, tenía mucho que hacer y sabía cuál era la vida que quería”. Una actitud tan vital sería capaz de reavivar el fuego de otros tantos pueblos abandonados. Cambió su estilo de vida, sus hábitos, su mentalidad. Antes ni siquiera le gustaban los animales y ahora le encanta abrir la puerta y encontrarse con ellos.

En apenas 5 años se han conseguido muchas cosas, por los retos personales, por las casas rurales y por la nueva vida de un pueblo abocado al olvido. “Disfruto y mis clientes también: les hago regalos, les pongo alimentos frescos de la huerta que tenemos. Los niños ven a las gallinas y prueban los huevos de verdad. Empezó como afición, pero le da un gran valor a la experiencia de los viajeros y yo encantada. Mi filosofía de vida es lo que quiero compartir con los que nos visitan y contagiarles la pasión por el entorno que tenemos”.

Velilla renacido

Le llevó 3 años rehabilitar las casas rurales de Velilla y su propia residencia. Pero el pueblo continuaba sin el puente necesario para cruzar el río en dirección a San Román de Cameros o sin las obras pertinentes para habilitar las calles. Hasta que Lola llegó a Velilla, los habitantes del lugar habían emigrado, muchos de ellos a San Román y a Logroño. La vida se apagó en la aldea y poco quedaba de la época en que contaba con ayuntamiento propio.

Pero el tesón de Lola no sólo le permite disfrutar de su estilo de vida sino que ha animado a la comunidad circundante. “Viene a verlo la gente. Algunos de los que se fueron, o personas que tienen en Velilla sus raíces, han vuelto para reconstruir sus antiguas casas. Se va animando, aunque soy yo la única habitante del pueblo”.

Incluso ha recuperado las antiguas tradiciones: “hemos ido organizando las fiestas del pueblo para la gente que tenía aquí sus orígenes. El primer sábado de agosto celebramos la fiesta mayor de Velilla con una cena para los vecinos y baile. Todo el mundo de los alrededores quiere venir porque vamos a razón de 2 € la copa o 0,5 € la cerveza. Es algo simbólico con lo que no se quiere hacer negocio, sino disfrutar con la gente. A las 4 de la madrugada asamos unos choricillos”.

Hoy Velilla es una pequeña aldea con encanto, con puente, con dos calles y hasta con un lavadero que el ayuntamiento de San Román (a 800 m de distancia) ha rehabilitado. Como Lola entiende, a Velilla, con ella, ahora sí le tocaba.

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