José Alejandro Adamuz

José Alejandro Adamuz

Soy licenciado en filología hispánica y periodista por vocación. También soy disléxico, por lo que suelo confundir la derecha con la izquierda y los kilómetros con la literatura. Pero de momento me va bien así. Colaboro habitualmente en diferentes medios haciendo crónica de viajes y periodismo cultural. Me gusta que los viajes cuenten historias y que las historias me hagan viajar.

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Portugal es un país con una naturaleza excepcional. Desconocida aún para muchos, engloba alguna que otra imponente montaña, lagunas, ríos o extensos arenales de suficiente importancia como para tenerlos muy presentes en nuestro radar viajero.

Es ver sus muros, las torres elevadas, sus alamedas y evocar otra época diferente: llena de batallas, linajes antiguos y leyendas. Los castillos son una de las construcciones históricas que despiertan más pasiones. Lo son por su arquitectura espectacular, pero también por los enclaves donde se construyeron, la mayoría con espléndidas vistas. En esta ocasión, estos castillos son el escenario perfecto para improvisar un roadtrip de lo más medieval por Portugal.

Se puede llegar cómodamente en metro desde el centro de Oporto. Vale la pena, porque la pequeña ciudad costera lo tiene todo para ser una escapada alternativa en Portugal: tiene mucha (y buena) arquitectura contemporánea, playa urbana, agenda cultural y una amplísima oferta de restaurantes (más de 600) que le ha llevado a ser conocida como el comedor de Oporto.

Viajar con libros asegura un viaje doble: por los paisajes y por la páginas. Fueron los clásicos de la literatura juvenil –aquel Colmillo blanco, de Jack London, o El libro de la selva, de Kipling, por ejemplo– los primeros que nos llevaron de viaje a la naturaleza.

El Portugal continental no tiene un perfil demasiado accidentado, pero tampoco es Gales, donde en el año 1917, Reginald Anson (Hugh Grant) y George Garrard (Ian McNeice) llegaron a Fynnon Garw para medir una colina a la que le faltaban 20 pies para ser montaña. Cierto… en realidad, esa es la historia de la película El inglés que subió una colina pero bajó una montaña. Así que para que no te suceda lo mismo, que pienses que vas a una montaña, pero no alcanza ni para colina, aquí tienes los destinos con mayor altura de Portugal.

Llega el otoño y con el primer atisbo de frío nos entra la pereza. Es el síndrome de la marmota: preferimos hibernar a salir a la calle; pero ese es un gran error. El otoño está lleno de oportunidades y bellezas fascinantes –fue Albert Camus quien la describió como ‘una segunda primavera, donde cada hoja es una flor’–. Y si no le creéis, echad un vistazo a todas las maravillas otoñales que hay en Portugal.

Al sendero de largo recorrido GR 13 se le conoce mejor como Vía Algarviana. Son catorce tramos de entre catorce y treinta kilómetros de distancia que recorren de este a oeste la región del Algarve, pero no lo hace por la costa más turística, sino por el interior, a través de sierras y pueblos que conservan su carácter rural.

Todo el mundo conoce las más grandes, desde Mallorca a La Graciosa, pero pocos conocen esas otras islas españolas, casi secretas, en las que aún es posible perderse del mundanal ruido.

Si hasta ahora hablar de graffitis en Portugal significaba viajar a Lisboa, el proyecto Arte Pública, de la Fundación Eléctrica de Portugal (EDP), aporta una alternativa en el mapa del arte contemporáneo. El proyecto revitaliza las zonas rurales del país utilizando el lenguaje del arte urbano. Iniciado en 2015, está presente en cinco regiones: Médio Tejo, Trás-os-Montes, Ribatejo y Alentejo. Este año 2019, estrena nuevas obras en Braga, en Minho, y en Fundão, en Castelo Branco.

“Mallorca es el paraíso, si puedes resistirlo”, le dijo Gertrude Stein a Robert Graves. No fue el único tentado por el paraíso de la costa noroeste de Mallorca. Hay algo en esas coordenadas paisajísticas, declaradas Patrimonio de la Humanidad, que atrae a los talentos artísticos. Tal vez sea el viento que ha bautizado la sierra desde antiguo, o tal vez sea que aquí la naturaleza se siente trascendente.