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No es Halloween, pero guarda en su esencia un pasado común con la festividad más conocida del mundo anglosajón. Se trata del Samain, la Fiesta de las Calabazas, que se celebra cada año a finales del mes de octubre y principios de noviembre en Galicia, tradición heredada del mundo celta que se ha conservado hasta nuestros días.

Tribus celtas que ocupaban parte de la actual Europa (Irlanda, Inglaterra o Galicia) hace más de 3.000 años consideraron tales fechas como el momento en el que se abrían las puertas que separaba los dos mundos, el de vivos y el de muertos, para que las almas visitaran sus antiguos hogares. Era la noche del Samaín, que aunaba a un tiempo misterios ontológicos, ritmos de cosecha, el fin de año y estaciones.

Las cabezas de enemigos acérrimos colgarían en la Edad Antigua en los umbrales de las casas, junto a comida, y a dulces, que no tenían otro objeto que el de no perturbar el tránsito de las almas de los muertos por el mundo de los vivos. Como es sabido, hoy niños de los países anglosajones llaman a las puertas ofreciéndose para unos dulces a cambio de trucos o tratos.

En Cedeira (A Coruña), aunque Galicia en conjunto nunca ha perdido totalmente la tradición ancestral del Samain, se celebra cada año a finales de octubre y principios de noviembre esta fiesta de origen celta. Llega a estos enclaves gallegos el Año Nuevo Celta, el inicio de la época oscura, la vuelta de los muertos y las almas al mundo de los vivos.

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En cuanto a la historia, la cultura romana incluyó en esta celebración la figura de Pamona, la diosa de la cosecha, y fueron los cristianos quienes adoptaron esta tradición a su propia religión con el objetivo de convertir a aquellas tribus, con lo nació el Día de todos los Santos (All of saints, que luego diera la voz Halloween). Y en cuanto al presente, cabe destacar la importancia del profesor López Loureiro y su obra Caliveras de Melón, que gracias a ella se pudo trabajar para recuperar esta ancestral costumbre.

Ideas de cambio, ciclos de vida y de muerte, representaciones de oscuridad, de luz, sombras del pasado y antiquísimas formas sociales, sistemas de creencias por completo diferentes y la reivindicación de una tierra y la importancia de su naturaleza en el imaginario colectivo. Llegan las calabazas incendiarias y se abren las puertas del submundo. Vale la pena ir a por unos dulces, por si acaso.

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