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Asturias, la costa de los calamares gigantes

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Calamar gigante
Calamar gigante del Cantábrico en el Museo Nacional de Ciencias Naturales in Madrid. Por Xauxa

Hace diez años, la naturaleza intentó repatriar los cuerpos inertes de algunos calamares gigantes para que descansaran en su patria original. Un fuerte temporal se llevó por delante el Museo del Calamar Gigante, ubicado en el puerto de Luarca, en Asturias. En él se podía visitar una muestra única en el mundo de estos cefalópodos descomunales. Los más románticos lo interpretaron como un ejercicio de justicia poética –al mar, lo que es del mar– pero para las personas interesadas en la biología marina o incluso en la mitología fue una gran pérdida.

El suceso dejó anécdotas como la protagonizada por Mariló Montero, por aquel entonces presentadora del programa La mañana de la 1, que le preguntó al director del museo si los bichos que habían desaparecido del edificio estaban vivos. Luis Laria, sin reírse, se encargó de explicarle que no entre otras cosas porque suelen vivir a miles de metros de profundidad en el mar. Él no se lo tomó a guasa, pero el cachondeo que se montó en las redes a costa de la periodista fue importante.

También es cierto que Luis Laria, que además del director del museo era el presidente Coordinadora para el Estudio y la Protección de las Especies Marinas (Cepesma), no tenía ganas de chazas porque estaba desolado por la pérdida. No tanto económica, que también, sino por los ejemplares perdidos y que no se volverían a recuperar. Las instalaciones se habían abierto al público apenas cuatro meses antes del desastre.

Pese a los planes gubernamentales, el museo no ha vuelto a abrir sus puertas desde entonces, ni en su emplazamiento original ni en otro edificio como se llegó a barajar. Se debe a múltiples factores (políticos y administrativos en su mayoría), aunque sigue habiendo planes para reabrirlo. Por su parte, Luis Laria puso en marcha otro nuevo centro llamado El Parque de la Vida, en una localidad de Valdés, muy cerca de Luarca. 

En él no solo hay calamares gigantes, sino que además se pueden ver fósiles, instrumentos históricos de la caza de ballena, ejemplares de especies que habitan en los abismos del mar o una parte del fuselaje del cohete Ariane V. También tiene un planetario, un observatorio astronómico y se realizan talleres didácticos. Es un gran centro de educación ambiental, ideal para visitar con niños (por motivos de la crisis del coronavirus, es recomendable llamar antes de acudir).

¿Por qué tanto calamar descomunal en la zona?

Para que haya un museo del calamar gigante tiene que haber ejemplares con los que llenarlo. O al menos, ese es el mejor reclamo. Y en las costas asturianas es relativamente fácil encontrarlos: cada cierto tiempo algún pescador se topa con alguno de ellos en el agua o aparecen varados en la playa. Generalmente están muertos o cerca del fallecimiento y hasta el momento no se ha conseguido explicar a ciencia cierta por qué transitan la zona.

El caladero de Carrandi, también conocido como el Cañón de Avilés, es un valle submarino a unas 7 millas de la costa y de 4.750 metros de profundidad. Es uno de los lugares preferidos del Architeuthis dux (nombre científico), Kraken (nombre mitológico con el que aparece en el libro 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne) o Peludín como le llaman en Asturias. A este cefalópodo le gusta vivir en la oscuridad, a tal profundidad que no se sabe casi nada de lo que ocurre por allí abajo. De vez en cuando sube para buscar comida y es cuando corre el peligro de enredarse en aparejos de pesca o acabar en la arena de la playa.

A nadie le gustaría encontrarse con un peludín mientras nada en el Cantábrico. Aunque esté muerto, su cercanía puede provocar un infarto porque aunque los asturianos le hayan puesto ese mote tan simpático (los diminutivos son muy habituales en su manera de hablar) objetivamente da bastante miedo. 

Tienen unos ojos tan enormes –tipo pelota de baloncesto– que se consideran los más grandes del reino animal, un cerebro, dos mandíbulas, ocho tentáculos cortos y dos más largos, dos aletas, órganos sexuales (masculino y femenino), un manto o capa en el que están todos los órganos internos y una rádula (una especie de lengua con dientes con la que deshace sus alimentos).

calamar gigante
Calamar gigante, Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Vigo. Por Dylanmonch vigote

Pueden llegar a medir 20 metros (en parte por la longitud de sus tentáculos) y a pesar casi 300 kilos. Comen generalmente peces como bacaladillas, crustáceos u otros cefalópodos. Los capturan con los tentáculos largos, cubiertos de ventosas y se los llevan a la boca. Los tentáculos cortos les sirven para sujetar a la presa mientras se la comen. Ellos, a su vez, suelen ser alimento de los cachalotes.

A principios de 2020, unos investigadores de la Universidad de Copenhague y el Laboratorio Biológico Marino Woods Hole (Estados Unidos) consiguieron secuenciar el genoma del Architeuthis dux por primera vez. El resultado de su investigación permitió conocer que su cerebro es el más grande de los invertebrados, que tienen una gran capacidad para mimetizarse y que su genoma es casi tan complejo como el de los seres humanos. También es cosmopolita aunque le gusta la bronca. Por lo visto, se mete en bastantes peleas con sus congéneres y muchas veces acaban comiéndose los unos a los otros. 

Sin embargo, aún no se sabe demasiado de estos seres que causan tanta fascinación. En 2012 se consiguió grabar a uno de cuatro metros en la costa de Ogasawara, en Japón. En 2019 se captó a otro de unos 3 metros en el Golfo de México: el calamar toca con sus tentáculos la cámara, pero se aleja al comprobar que no es algo comestible o apetecible.

Además de en la costa asturiana, también tienen residencias en las Islas Canarias, Japón y Nueva Zelanda. Quienes estén fantaseando con experimentos culinarios realizados con los gigantescos tentáculos de un kraken, que se vayan olvidando: su sistema produce una gran cantidad de amoniaco que lo hace incomestible para el ser humano y tiene pinta de que su carne no debe de ser especialmente tierna. Mejor fiarse de sus gustos y optar por las bacaladillas: al fin y al cabo, el peludín conoce bien el mercado.

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