Por Pixel-Shot

Una de las brújulas más pavlovianas que pueden guiarnos a través de nuestros viajes puede ser sencillamente el apetito, el anhelo por probar nuevos sabores, el hambre de experimentar condimentos, los borborigmos del estómago. Sin embargo, en toda experiencia gastronómica no están únicamente implicadas nuestras papilas gustativas. Ni siquiera nuestra vista o nuestro olfato.

De forma mucho más subterránea, nuestro oído juega un papel fundamental, pues el ruido de los alimentos influye en cómo percibimos su sabor. El ruido de la comida es como la voz de una persona: transmite sensaciones subliminales. Así que, superando la misofonía de algunos (la intolerancia al sonido de masticar de otras personas), vamos a explorar algunos de estos sonidos como buenos gastronautas, y audionautas.

‘Crac’ de patata

Las patatas no solo resultan crujientes cuando las masticamos y sentimos que se parten limpiamente entre nuestros dientes, evidenciando así que se trata de un producto fresco o que no está caducado, sino que el sonido que emiten al ser mordidas también influye psicológicamente en nuestra valoración.

Tanto es así que, un estudio realizado por investigadores de Oxford concluyó que incluso el sonido de la bolsa donde se encuentran las patatas chips influye en nuestra valoración: cuanto más alto era el ruido que hacía la bolsa cuando los sujetos comían las patatas, más crujientes aseguraban que eran, aunque no fuera realmente así. Como explica Charles Spence, uno de los investigadores detrás de este estudio, en su libro Gastrofísica:

“En otras palabras, desde el punto de vista de la percepción, parece que a nuestro cerebro le es muy difícil distinguir el producto del envoltorio. Puede que Frito-Lay se tomara estas conclusiones demasiado en serio cuando sacaron su nueva bolsa biodegradable para los SunChips. Esta es, casi con toda seguridad, la bolsa más sonora de todas. (…) ¡Más de cien decibelios!”

Tras medir el ruido que emitía el envoltorio de las SunChips con un fonómetro determinaron que emitía nada menos que 100 decibelios (dB). No está nada mal para un envoltorio, teniendo en cuenta que solo el volumen de los dispositivos de audio personales, como los auriculares, pueden oscilar entre los 75 y 136 dB a su capacidad máxima. Y que 100 decibelios es el ruido constante que escuchamos en un restaurante muy ruidoso. Tanto es así que la empresa acabó por retirar del mercado sus bolsas de patatas debido al creciente número de quejas de los consumidores.

El investigador de neurociencia cognitiva de la Universidad del Sur de California John S. Allen, en su libro The Omnivorous Mind. Our Evolving Relationship with Food, trata de exponer una teoría sobre cómo el sonido crujiente es universalmente atractivo para cualquier paladar, desde el crujir de un insecto en Asia hasta el de una patata frita en Estados Unidos. Según Allen, las comidas sonoras incluso podrían resultar menos aburridas que las silenciosas, que nos acabarían cansando antes.

Sonido Kellog´s patentado

El sonido de los alimentos es tan importante para los departamentos de marketing de algunas empresas, que incluso Kellog´s intentó patentar el crujido característico que hacen sus cereales para el desayuno cuando se les añade leche. Algo así como su firma sonora, su huella dactilar auditiva, que permita al consumidor implicarse más con una marca determinada.

De este modo, si alguien se servía de un bol de cereales anónimo, podría ser capaz de identificar si se trataba de Kellog´s o de la competencia, como explica el experto en la psicología del consumo Martin Lindstrom en su libro Brand Sense.

El campo del sonido en el marketing sensorial es todavía bastante inexplorado en el ámbito de la alimentación, donde se da más importancia al aroma, el sabor, la textura o el envoltorio. Aunque, cada vez hay más empresas preocupadas en que su comida transmita sonidos acordes con la imagen de la marca que permitan distinguirse de la competencia directa. Una razón de esta dejadez, además de que esta disciplina está poco estudiada aún, es que el sonido de un objeto es algo difícil de patentar o proteger por derechos de propiedad intelectual, como descubrió Kellog´s. O anteriormente Harley-Davidson, que no logró registrar el pop-pop-pop característico del tubo de escape de sus motos.

Pero las marcas cada vez se preocupan más de potenciar los sonidos, como es el caso del crujido de los helados Magnum al ser mordidos; o el sonido burbujeante y espumoso que hace Coca-Cola al verterse en un vaso lleno de hielo.

Silencio en el restaurante

El sonido es tan importante en la experiencia gastronómica que cada vez más restaurantes, a lo largo del mundo, están tratando de ser más silenciosos para que el ruido de fondo no ahogue la experiencia auditiva que vamos a experimentar con la comida. Algunos chefs con estrellas Michelin han iniciado campañas para reducir estos niveles de ruido de los restaurantes españoles.

El ruido de fondo es tan importante que incluso, si es muy elevado y servimos unas patatas reblandecidas, los comensales serán más incapaces de detectar que no son patatas crujientes: al no oír el crujido, el cerebro se lo inventa, aunque no exista.

Para aprovechar esta forma de proceder de nuestro cerebro, de hecho, unos investigadores japoneses han desarrollado unos auriculares que captan los movimientos mandibulares del comensal y reproducen sonidos preprogramados mientras comen a fin de amplificar la experiencia gastronómica, rozando la sinestesia. Los llamados Mouth Jockey pueden así, por ejemplo, recrear y aumentar la experiencia sonora de cualquier alimento, sea ésta real o no.

No es el único dispositivo que transforma nuestra experiencia sonora al comer: la app EverCrisp, por poner otro ejemplo, se descarga en el smartphone y se puede poner en marcha al comer patatas chips reblandecidas para devolverles el crujido de frescura.

En un planeta donde cada vez es más difícil encontrar un remanso de paz, en aras de aprovechar también las sensaciones sonoras de la comida, quizá en un futuro la tendencia sea introducirnos en nuestras propias burbujas sensoriales. Ya sea para comer como para hacer cualquier otra cosa, y así, de forma retroalimentada, alcanzar una suerte de síndrome de Stendhal.

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