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La alergia a los cacahuetes de los niños está aumentando por culpa de sus padres

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cacahuetes
Por H. Zell

Cuando tratamos de atajar un problema, en ocasiones ello propicia el nacimiento de problemas nuevos, como si la adversidad fuera una suerte de hidra con muchas cabezas. Esta analogía es particularmente pertinente cuando hablamos de las alergias alimentarias.

Nuestra preocupación por el bienestar infantil ha ido en aumento, sobre todo en las últimas décadas, lo que ha cristalizado en una especie de padres cada vez más numerosa que consagran gran parte de su existencia a evitar que sus hijos sufran la más mínima adversidad en la vida. Es lo que se han venido a llamar «padres helicóptero».

No obstante, esta obsesión por proteger a los niños está produciendo otros daños que pasan desapercibidos. Los nuevos métodos de crianza, y cómo nos relacionamos con la higiene y la suciedad, está convirtiendo la alergia a los cacahuetes en un problema para el primer mundo. Lo que está vinculado también a la generación snowflake, que Merriam-Webster define como: «En su mayoría a milénicos que estaban demasiado convencidos de su propia condición de personas especiales y únicas como para poder (o molestarse) en hacer frente a las pruebas y a los problemas normales de la vida adulta».

La hipótesis de la higiene

niño jugando
Por Romrodphoto

Para calibrar la magnitud del problema, comparemos las alergias con otra causa de muerte que provoca gran alarma social: los secuestros. Alrededor de 100 niños secuestrados tal y como nos muestran las películas en Estados Unidos, pero 90 de ellos volverán a casa vivos; es decir, que fallecen 10 al año. En contraposición, 150 personas mueren anualmente debido a reacciones alérgicas graves a los alimentos. 10 personas al año mueren a causa de alergias al cacahuete en Estados Unidos. Las mismas víctimas de niños que han sido secuestrados. Y estas alergias normalmente nacen en la infancia. E, irónicamente, tienen lugar quizá por la paranoia de que los niños sean secuestrados o sufran daños en el exterior de los confines del hogar.

Según ha constatado el médico y sociólogo de Harvard experto en redes sociales Nicholas Christakis, estamos asistiendo a la generación con más casos de alergias a los cacahuetes de resultas de que los padres y profesores empezaron a proteger del contacto con estos en la década de 1990. A esto se suma una mayor higiene y, además, un miedo casi paranoico a que los niños jueguen en la calle, al aire libre. Por eso tampoco es coincidencia que los casos de asma en general hayan aumentado en proporción al aumento de consumo de horas de televisión, como ha sugerido el investigador Thomas Platts-Mills, de la Universidad de Virginia: al no ejercitar sus pulmones cuando están jugando al aire libre, puede ser suficiente para aumentar su susceptibilidad al asma.

El hecho de que nos padres se preocupen tanto por unos riesgos sin calcular cómo se incrementan otros diferentes está propiciando que las muertes por alergias aumenten a la vez que los padres no muestran síntomas de preocupación. Las cifras se empezarían a reducir si sencillamente con un simple consejo: «La ingesta regular de productos que contienen cacahuete, si empieza en la infancia, provocará una respuestas inmune protectora en vez de una reacción inmune alérgica», tal y como refiere el estudio LEAP (Aprendizaje Temprano sobre Alergia al Cacahuete, por sus siglas en inglés). Un estudio en el que se analizó a 640 niños de entre cuatro y once meses de edad que estaban en riesgo de desarrollar eczemas graves o habían dado positivo en otras pruebas de alergia. Los resultados indicaban que el 17 % de los niños que habían sido protegidos a la exposición de cacahuetes desarrollan finalmente alergia al cacahuete; pero de los que habían sido expuestos a él, solo el 3 % desarrolló la alergia.

El exceso de higiene, en general, de hecho es lo que probablemente está evitando el correcto fortalecimiento del sistema inmune de los niños, favoreciendo las alergias. Por ello, las tasas de alergia suelen aumentan en los países más sanos y limpios, no en los menos, como señala la psicóloga del desarrollo Alison Gopnik:

Gracias a la higiene, los antibióticos y el poco juego en el exterior, los niños no se exponen a los microbios como antes. Esto podría hacer que desarrollaran sistemas inmunes que reaccionan de forma excesiva a sustancias que en realidad no son amenazantes.

Antifrágiles

Por Vasilyev Alexandr

Uno de los investigadores que más preocupación ha mostrado por estas nuevas dinámicas entre padres e hijos es el psicólogo social Jonathan Haidt. La tesis de Haidt es que los padres están sobreprotegiendo tanto a sus hijos que estos se están volviendo miedosos, paranoicos y, sobre todo, débiles. Al no someterlos a estresores, se vuelven frágiles, cuando una buena educación también debería radicar en exponer a los niños a problemas, para que se tornen antifrágiles.

Esto es particularmente evidente en el funcionamiento del sistema inmune, porque este no logra anticiparse a todos los patógenos y parásitos del mundo: se entrena y se fortalece si se expone a ellos en pequeñas dosis, siguiendo la lógica de las vacunas. Tal y como explica Haidt en su libro La transformación de la mente moderna:

«El sistema inmune es un sistema adaptativo complejo, que se puede definir como un sistema dinámico capaz de adaptarse y de evolucionar en un entorno cambiante. Necesita exponerse a una variedad de alimentos, bacterias e incluso gusanos parásitos para poder desarrollar su capacidad de aumentar su respuesta inmune a las amenazas reales.»

Nassim Nicholas Taleb también aborda este tema de forma mucho más ambiciosa en un libro titulado precisamente Antifrágil, donde señala que la antifragilidad debería ser una máxima no solo para evitar las alergias, sino muchos otros problemas sociales: puesto que se beneficia de los shocks, las incertidumbres y del estrés, del mismo modo que los huesos humanos se robustecen cuando están sometidos al estrés y a la tensión. Lo «antifrágil» necesita el desorden para sobrevivir y florecer. Taleb se centra en la incertidumbre como algo deseable, incluso necesario, y propone que las cosas se construyan de una forma antifrágil. Lo antifrágil es inmune a los errores de predicción.

En opinión de Taleb, «hemos estado fragilizando la economía, nuestra salud, la vida política, la educación, y casi todo el resto de las cosas» al «eliminar el azar y la volatilidad», del mismo modo que «impedir sistemáticamente que se produzcan incendios forestales para estar seguros hace que uno importante sea mucho peor». Y, además, moriremos menos por alergia a los cacahuetes.

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