Monasterio de Prades Monasterio de Prades. Por KarSol

La carretera que lleva a la Conca de Barberà pasa por la Reserva Natural del Barranc del Tiller. Se circula lento y con suerte se puede ver algún corzo entre la vegetación.

Llegar al Real Monasterio de Santa María de Poblet que, junto al de Santes Creus y Vallbona, forma parte de la Ruta del Císter, es hacerlo a un escenario medieval cuyo origen se remonta al S.XII, cuando Ramón Berenguer IV cedió estas tierras a la comunidad de monjes cistercienses. En el exterior, destaca la espectacular silueta del campanario de espadaña y el cimborrio; en el interior, la experiencia de alojarnos en las celdas.

Así es alojarse en el Monasterio de Poblet

Hostatgeria de Poblet Por Hostatgeria de Poblet

Traspaso la puerta Real y camino por el fantástico atrio cubierto por dos hileras de bóvedas sobre arcos ojivales. El espacio cumple todas las características de la arquitectura cisterciense: austeridad y recogimiento. En el recorrido guiado por el monasterio, visito las distintas zonas y estancias: el maravilloso claustro mayor y su templete, la antigua cocina, el actual refectorio de los monjes y la sala capitular donde desde el siglo XIII los monjes escuchan cada día un capítulo de la Regla de San Benito. La misma regla que permitirá que esta noche pueda alojarme en el hospedaje del Monasterio de Poblet. También visito la iglesia que, con las tumbas reales, es el espacio que más sobrecoge al visitante.

En la actualidad, en la abadía viven 28 monjes que ocupan el conjunto cisterciense más grande de Europa, Patrimonio de la Humanidad desde 1991. Entre el S. XIV y el XVII, la ocupación llegó a ser de unos 60 hermanos y 100 monjes. Pero a partir de la desamortización de Mendizábal (1836-1837), el monasterio cayó en el olvido. Con el abandono, las tumbas de los nobles fueron profanadas a la búsqueda de riquezas y llegó la ruina.

Cuando, durante su corta gira por Cataluña, Albert Einstein visitó el Monasterio de Poblet, éste aún se encontraba en ruinas. Hay una fotografía del 25 de febrero de 1923 en el que se le ve bajo un arco, junto a su esposa y dos hombres más. Aquel lugar le fascinó y como recuerdo parece ser que aún se conserva la firma del eminente científico en el libro de visitas. Hoy el monasterio ha recuperado todo su esplendor. Para ello fue rescatado de las ruinas a las que se vio abocado cuando los monjes debieron abandonarlo. Su recuperación se debe en gran medida a Eduard Toda i Güell, que cumplió así con el sueño infantil compartido con Josep Ribera y el mismísimo Antoni Gaudí, y que pudo dirigir finalmente a partir de 1930.

Las campanas avisan a la oración de Vísperas a las seis de la tarde. En la iglesia, el órgano y el canto de los monjes abren un hueco en el tiempo que me transporta al siglo XII. Espero al monje hospedero. La regla de San Benet indica que todo monasterio debe tener su propia hospedería. A cambio, el viajero sólo ha de cumplir con las normas de la comunidad. Los monjes se rigen por la Liturgia de las Horas. Así, a las siete de la tarde, me acompañan al refectorio para cenar.

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Se come en silencio, en una mesa austera sin mantel en la que me encuentro un único plato, cubiertos, una servilleta, agua, vino, un plato de arroz caldoso, una empanada, una mandarina de postre, y apenas 20 minutos para acabar con todo ello. No se habla, no se mira más que el plato sobre la mesa. Al salir, Borja, el joven hospedero, me sonríe diciéndome casi como una disculpa que aquí se come rápido.

Antes del descanso nocturno, acudimos a la lectura en la sala capitular. En los pasillos apenas iluminados, el silencio sobrecoge como si fuera algo físico. Tal vez sea el frío, me digo. Tras la lectura, se rezan las Completas en la iglesia. Es una misa cantada y me pierdo intentando seguir la parte que toca cantar en el libro que me han ofrecido. Otro huésped, que luego me explicará que lleva una semana en el monasterio con los monjes, intenta señalarme con el dedo el fragmento que corresponde. Él no se pierde; otra cosa es cómo entona.

Las Completas marcan el momento del descanso. A las nueve de la noche el silencio es absoluto, y así lo sentiré desde mi celda hasta que las campanas lo rompan a las cinco de la mañana, avisando al rezo de Maitines. Con éste, comienzan los cinco rezos diarios que ordenan la jornada de los monjes. “¿Esta es la rutina que seguís cada día?”, le pregunto al padre hospedero. Y me contesta que sí. ¿Hasta cuando?, le insisto. Y él me responde como sorprendido que “Hasta que te mueres. Pero no lo vemos como una rutina. Estar aquí es muy intenso”.

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