Magazine Ciencia Por qué andamos en espiral cuando no tenemos referencias visuales

Por qué andamos en espiral cuando no tenemos referencias visuales

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Por Pixy.org

Al igual que cualquier opinión o idea no surge de un solo sitio (por ejemplo, de nuestro cerebro, o de nuestro propio razonamiento), sino que es fruto de la naturaleza epidemiológica de los memes (o genes culturales) engranada con la naturaleza darwiniana de los genes, nuestros pasos también están influidos por factores que nos pasan desapercibidos.

Cuando nos dirigimos a un determinado lugar, tal vez guiados por un GPS, no hay problema. Sin embargo, si abrimos senda sin tener muy claro hacia dónde vamos, cual flâneur, entonces tiene lugar un curioso fenómeno: aunque estemos convencidos de que estamos yendo en línea recta, avanzando sin inexorablemente hacia algún punto, en realidad no es así.

Estamos dando vueltas sobre nosotros mismos, en el mejor de los casos, o dibujando una espiral, en el peor. Como si nuestra naturaleza primigenia fuera la de no abandonar una área de espacio muy concreta. Como si estuviéramos confinados en una suerte de presidio invisible.

Defectos de fábrica

La razón de que parece que tendamos a andar en círculos o en espiral no se conoce, si bien se han lanzado algunas audaces hipótesis: que una pierna es ligeramente más larga que la otra, que una tiene más desarrollado los músculos que la otra, el modo de procesar la información en dos hemisferios cerebrales, que hay continuos cambios de postura para mantener el equilibrio de resulta de nuestro llamado sistema vestibular, que tendemos a distraernos o que hay errores pequeños pero acumulables a la hora de colocar los pies en el suelo. Tal vez sea la suma de todos estos factores.

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Sea como fuere, la primera persona que documentó que efectivamente el fenómeno existía fue un investigador llamado A. A. Schaeffer, en la década de 1920. Más recientemente, Jan Souman, del Instituto Max Planck de Cibernética Biológica en Tubinga, Alemania, realizó un experimento en el que solicitó a un grupo de personas que andara con los ojos vendados a lo largo de un aeródromo particularmente extenso.

Sin sonidos que las personas pudieran usar para guiarse, se observó que ninguna de ellas fue capaz de caminar recta, incluso a cortas distancias. Además de círculos y espirales, muchos trazaban rutas sin sentido, hasta el punto de que nadie pudo avanzar más allá de 100 metros de distancia.

Lo que este estudio evidenciaba es que, sin referencias visuales, nuestro capacidad de mantener un rumbo fijo era deplorable. Sin la asistencia de una brújula, aunque esta fuera el Sol o la Luna, o algún otra señal clara, las personas tenían serias dificultades para avanzar, como comprobó más tarde en otro experimento en el que los sujetos ya no llevaban los ojos vendados.

El experimento se hizo en dos ambientes muy distintos entre sí: un bosque alemán y el desierto tunecino. Explica así los resultados David Barrie en su libro Los viajes más increíbles:

Si el día estaba nublado, todos los sujetos mostraban grandes dificultades para caminar recto, pero cuando salía el sol lo hacían mucho mejor, y a menudo mantenían una dirección fija a lo largo de distancias sorprendentemente largas, incluso en el entorno confuso y abigarrado de un bosque. Un sujeto también lo consiguió por la noche en el desierto tunecino, pero solo mientras pudo ver la Luna. Cuando esta se escondió tras una nube, empezó a hacer curvas cerradas y acabó dirigiéndose a su lugar de partida.

No conozco ni mi entorno

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El problema de nuestra incapacidad para andar en línea recta no es trivial. Detrás de él, por ejemplo, se encuentra el alto número de personas que se pierden en bosques del mundo. Por ello, uno de los principales consejos para quienes sientan que se han perdido, sobre todo niños, es que no se muevan del sitio a fin de que los equipos de seguridad les resulte más fácil encontrarlos.

Los niños que se pierden en un bosque, por ejemplo, apenas logran avanzar unos kilómetros. Los niños pequeños de entre 1 y 6 años normalmente se desplazan entre 1 y 2,5 kilómetros. Tal y como aclara el experto en supervivencia Ben Sherwood en su libro El club de los supervivientes:

Los más pequeños, de entre 1 y 3 años, no tienen conciencia de haberse perdido. Si se separan de sus padres, no tienen la capacidad suficiente para encontrar el camino y comienzan a deambular sin un objetivo, aunque normalmente no llegan demasiado lejos. Por lo general, se les encuentra durmiendo. Naturalmente, los niños de entre 3 y 6 años son más móviles y entienden el concepto de perderse. Suelen cuidar mejor de sí mismos que los niños de mayor edad o, incluso, que los adultos. Se ponen a cubierto cuando hace mal tiempo y duermen en cuevas o madrigueras. Normalmente son “resistentes extraños”.

Nuestra percepción del espacio está tan distorsionada que incluso cometemos grandes errores cuando un turista nos pregunta la dirección hacia un determinado lugar… aunque sea en la ciudad en la que siempre hemos vivido. Es lo que demostró Stanley Milgram en la década de 1960, tras recopilar cientos de mapas dibujados por parisinos de todas las edades y todas las profesiones, incluidos arquitectos y universitarios, gente aparentemente formada.

En los mapas, en ocasiones, se omitían enclaves famosos, como precisamente la Torre Eiffel y Notre Dame. Tal y como señala Joseph Hallinan en su libro Las trampas de la mente:

Cuando se le pide a la gente que navegue utilizando puntos de referencia, como sus casas o un edificio famoso cercano, sucede algo incluso más extraño: juzgan que la distancia a un punto de referencia es menor que la distancia desde un punto de referencia. Esto es cierto incluso en comparaciones a gran escala. Por ejemplo, la gente juzga que Corea del Norte está más cerca de China que China de Corea del Norte.

Así son nuestros cuerpos: un sinfín de parches evolutivos de los que no debemos fiarnos demasiado. Y menos si nos extraviamos. Afortunadamente, también disponemos de un cerebro que, también con sus propias imperfecciones, nos ha permitido desarrollar sistemas de navegación para que podamos mantener el rumbo.

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1 comentario

Elva 18 junio 2020 - 13:07

Genial

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