Magazine Ciencia Eres lento y torpe porque eres inteligente (más o menos)

Eres lento y torpe porque eres inteligente (más o menos)

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Por Comfreak.

Como si hubieran llevado a cabo una suerte de pacto fáustico en los que hay resonancias prometeicas, los homínidos, en aras de aumentar su inteligencia, pagaron un alto precio por su anhelo y atrevimiento. Una miríada de ventajas / desventajas que están engarzadas con el aumento del tamaño de nuestro cerebro y su número de conexiones.

A continuación, los tributos más importantes que hemos tenido que pagar para erigirnos como la especie más inteligente de la Tierra. Más o menos.

Bipedestación: un arma de doble filo

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Por geralt.

Andar sobre dos patas tuvo una serie de ventajas y también de desventajas que están íntimamente ligadas al aumento de la inteligencia.

Lo bueno de la bipedestación es que nos permitió ahorrar energía al desplazarnos. Los chimpancés, cuando tienen que caminar sobre una cinta para correr ataviados con una máscara de oxígeno en un laboratorio, han demostrado requerir cuatro veces más energía que los humanos para recorrer una distancia determinada. Esto ocurre porque tienen piernas cortas, se tambalean de un lado a otro al caminar y siempre caminan con las rodillas flexionadas. Es decir, que gastan mucha energía para contraer permanentemente la espalda, las caderas y los músculos de los muslos para evitar caerse. Por esa razón, un chimpancé apenas camina unos 2 o 3 kilómetros al día.

Esta ventaja permitió a los primeros homínidos realizar grandes maratones aunque no corrieran tanto como otros animales: al final les ganaban por agotamiento.

Paralelamente, como ya observó Charles Darwin, liberar las manos gracias a la bipedestación, junto al aumento del tamaño del cerebro, también facilitó la fabricación de herramientas, la cognición y hasta el lenguaje.

Sin embargo, el bipedismo también trajo aparejados muchos inconvenientes. El primero fue el dolor de espalda. Nuestra columna vertebral no está bien diseñada para el bipedismo, así que somos una especie que tiende a sufrir dolores lumbares horribles. También perdemos el equilibro con frecuencia: por ejemplo, los resbalones en bañeras y escaleras son unas de las principales causas de lesiones en el mundo moderno.

Canal del parto y adaptación

Pero quizás el mayor problema de ser bípedos es el de sacar adelante un embarazo. En el último tramo del embarazo, el peso de una madre humana preñada aumenta hasta siete kilogramos. Pero, a diferencia de las madres cuadrúpedas, esta masa adicional tiende a hacer más probable una caída accidental porque desplaza el centro de gravedad por delante de las caderas y los pies. Esto obliga a contraer más los músculos de la espalda para situar el centro de la gravedad entre las caderas. La selección natural incluso propició que las hembras humanas tuvieran tres vértebras en cuña para hacer frente a esta carga adicional, cuando los hombres solo tienen dos.

Otro factor cambió radicalmente la forma de parir de las mujeres debido a la bipedestación. Esto fue una desventaja, pero también una ventaja, la cuestión es ambivalente. Si las mujeres son bípedas, el canal del parto es más estrecho, lo que imposibilita que una cabeza tan grande como para albergar un cerebro así vea la luz. La naturaleza encontró entonces un atajo: que naciéramos todos con el cerebro todavía a medio hacer, más pequeño, más inmaduro. Por eso el ser humano es un animal que empieza su vida totalmente desvalido pero, a la vez, nuestro cerebro acaba de formarse, madurar y conectarse en función del feedback del entorno, lo que permite que este sea más plástico, se adapte mejor a las circunstancias. El resto de animales nacen con patrones más fijos de comportamiento; nosotros, aunque no nacemos en blanco, tenemos algunos patrones que se establecerán según las circunstancias.

Por esa razón, factores como el tipo de crianza, cultura, educación y lenguaje tienen un impacto tan decisivo en la conformación de un cerebro humano: porque se forma a medida que vive, a diferencia del de otros mamíferos, que ya nacen con unos programas preinstalados que les permiten sobrevivir a su entorno sin tal grado de crianza, cultura, educación y lenguaje.

Por esa razón, el tamaño del cerebro de un ser humano recién nacido crece a una velocidad inaudita. Para hacernos una idea, un pariente nuestro como el chimpancé, en el momento de nacer, tiene un cerebro de unos 130 centímetros cúbicos. Durante los tres años siguientes, triplica su volumen. Sin embargo, un recién nacido humano tiene un cerebro de 330 centímetros cúbicos y cuadriplica este volumen durante los seis o siete años siguientes. Es decir, que nuestro cerebro crece dos veces más rápido que el de un chimpancé antes del nacimiento, y tras el parto también crece más rápido y durante más tiempo.

El fuego: nuestro segundo estómago

El cerebro creció muchísimo, de hecho, gracias a otra cosa: el fuego. El fuego no solo nos permitió iluminar la noche, sino mejorar nuestra biología. El fuego prendió la mecha de la inteligencia. Pero ¿cómo lo hizo? Fácil: mejorando nuestro estómago.

Los chimpancés pueden tardar cinco o seis horas en masticar y digerir sus alimentos. Es lo que sucede con muchos mamíferos. Sin embargo, los humanos podemos cocinar. Pre-digerir los alimentos en un horno o una sartén. Dicho de otra forma: gracias al fuego, empezamos a predigerir los alimentos, como si el fuego funcionara como un estómago externo. Así pudimos reorientar las calorías que antes usábamos para digerir alimentos para alimentar el resto del cuerpo, incluido el cerebro, un órgano que consume mucha energía. Un cerebro, aunque no constituye más que el 2 % del peso corporal, consume alrededor del 20 al 25 % de la partida energética del cuerpo en reposo.

Al incluir carne en la dieta y poder cocinarla, eso nos permitió dedicar más energía a la construcción y mantenimiento de un cerebro más grande, pasando de los 400 gramos del australopitecus a los 700 del Homo habilis, los 900 del Homo erectus y los 1500 gramos del Homo sapiens. Y más cosas, como explica Richard Wrangham en su libro En llamas. Cómo la cocina nos hizo humanos:

“Una vez que nuestros ancestros homínidos comenzaron a cocinar su comida, el tracto digestivo humano se contrajo y el cerebro creció. El tiempo, una vez dedicado a masticar alimentos crudos y duros, podía emplearse para cazar y cuidar el campamento. Así, la cocina se convirtió en la base para la unión de pareja y el matrimonio, creó el hogar e incluso condujo a una división sexual del trabajo.”

En definitiva, somos lentos, somos torpes (sobre todo al nacer y cuando queremos mantener el equilibro), y también necesitamos de herramientas externas como el fuego para mejorar nuestras limitaciones biológicas. Todo ello, finalmente, fue un tributo que pagamos por algo que, al menos de momento, parece evolutivamente más preciado: ser más inteligente y disponer de una inteligencia mejor adaptada al medio. O dicho de un modo más simple: nos caemos más pero nos levantamos más suspicaces.

El hombre de Neanthertal se descubrió antes en Gibraltar (Homo calpicus)

Busk estuvo a punto de ser quien bautizara aquel nuevo espécimen por sugerencia de un colega, que le escribió una carta sugiriéndole el nombre de Homo calpicus (Calpe era el antiguo nombre del peñón de Gibraltar). Todavía no se había descubierto el hombre de Neanthertal

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