Magazine Ciencia Lo que pasa con los idiomas que se hablan en las montañas (y lo que puede acabar pasando)

Lo que pasa con los idiomas que se hablan en las montañas (y lo que puede acabar pasando)

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naranjo de bulnes, montaña en Asturias
Por ELG21

Los idiomas, como los pedazos de arcilla, son fácilmente moldeables en función de una serie de puntos de presión. En este caso, los puntos de presión son una miríada de fuerzas ejercidas por el contexto sociocultural y la ecología. A su vez, las palabras también influyen en nosotros y nuestro entorno, de modo que se diluyen las causas y efectos, y todo se retroalimenta, como el pez que se muerde la cola.

Por ejemplo, las simples diferencias fonéticas que encontramos en los diferentes idiomas no son arbitrarias ni dependen exclusivamente de la historia de cada lengua concreta, sino que las características geográficas en las que residen sus hablantes también ejercen su propia influencia: la altitud, la proximidad a zonas no habitables y otros tantos factores, pues, determinan los sonidos que se usan en cada idioma.

Es lo que demostró, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por la Universidad de Miami en 2013 donde se examinaron 567 idiomas de todo el mundo, entre ellos el castellano, el catalán o el euskera. Tras establecer diversas comparaciones geomorfológicas con el lugar donde vivían sus hablantes, descubrieron que los idiomas que presentan mayor abundancia de consonantes oclusivas, como la «pe», la «te» y la «ka», son los idiomas que se hablan a cierta altura sobre el nivel del mar, y todavía más se si encuentran próximos a zonas no habitables debido a su aridez.

Piodao
Piodao, en Portugal. Por alexilena

Las razones de que esto ocurra se ignoran, pero los autores del estudio sugieren una hipótesis. Tal vez, en estos lugares es más fácil emitir sonidos porque a cierta altura hay menos presión atmosférica. Tal y como abunda en ello el investigador David Bueno en su libro El arte de persistir:

Además, las consonantes oclusivas se pronuncian con la boca cerrada o semiabierta, a diferencia de las vocales, y eso ayuda a disminuir la cantidad de agua que se pierde por evaporación al hablar, un aspecto muy relevante en climas áridos.

Hasta cierto punto, pues, el lugar donde vivimos determina el idioma que hablamos, y el idioma que hablamos, también en cierto punto determina nuestra manera de pensar e interpretar ese mismo lugar. El lenguaje sirve para describir la realidad, pero también la construye dentro del cerebro alternando circuitos neuronales.

Otras diferencias

Incluso en el año 1, la mayoría de la humanidad vivía en pequeños asentamientos agrícolas, y solo el 1% vivía en ciudades. En el año 1000, en las ciudades vivía el 3%. En el 1500, el 3,6%. Tal y como explica Jeffrey D. Sachs en su libro Las edades de la globalización:

Todavía en 1900, la tasa de urbanización mundial era sólo del 16 por ciento. No es hasta el siglo XX cuando más de la mitad de la humanidad vive entonces en entornos urbanos (se calcula que el 55% en 2020).

Por primera vez en la historia de la humanidad, ya hay más personas viviendo en ciudades que en contextos rurales. Eso es bueno, porque las ciudades, porcentualmente, contaminan menos que los contextos rurales. Sobre todo si esas ciudades están bien diseñadas y planificadas. Para cumplir con los ambiciosos objetivos de reducir la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero, los reguladores dicen que los estados deben construir vecindarios densos y transitables que permitan a las personas deshacerse de sus vehículos a motor.

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Procedemos del ambiente rural. Desconectar totalmente de él no es positivo. De hecho, internarnos en él, regresar a él, reconectar con nuestros instintos, y abrir senda por los bosques más frondosos, ofrece indudablemente un sinfín de ventajas neurocognitivas y cardiovasculares.

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Sin embargo, continúan existiendo, y seguirán haciéndolo, las comunidades rurales. Y eso, más allá de la lengua, también influirá en la cosmovisión de tales individuos respecto a sus pares urbanitas. El siguiente estudio publicado en Nature, por ejemplo, sugiere que las personas que viven en terrenos montañosos, es decir, que viven más aislados que las personas más urbanitas, puntúan más bajo de media en algunos rasgos psicológicos como son la amabilidad, la responsabilidad, la extraversión, la apertura a la experiencia y el neuroticismo.

Esta tendencia puede deberse a, entre otros factores, lo que señalaba Edward Glaeser en su libro El triunfo de las ciudades: las ciudades permiten que confiemos más los unos en los otros, aunque no nos conozcamos de nada. En el campo puedes confiar en los vecinos próximos, incluso en los habitantes de los pueblos próximos, si me apuráis, pero en el campo es donde se usa más frecuentemente el término “forastero”. Es decir, el 99,9 % de la gente del mundo que se acerca a nuestra casa solitaria.

Es posible, pues, que algunos idiomas o algunas formas de pronunciar palabras se acaben diluyendo en el tiempo, a medida que las personas que viven en las montañas se convierten solo en una leyenda del pasado.

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Hace apenas unas semanas, un equipo médico estadounidense hizo uso de la herramienta de edición de genes CRISPR para intentar remediar una enfermedad genética en una persona viva. Su nombre es Victoria Gray, y una mujer de Mississippi que había nacido con la enfermedad de células falciformes falciformes, una afección a menudo dolorosa y debilitante causada por una mutación genética que altera la forma de los glóbulos rojos.

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