En un momento en el que la vivienda representa una de las grandes preocupaciones de los españoles, el titular parece casi una broma de mal gusto. ¡Hoy 150 euros no cuesta ni el alquiler de una habitación! Ahora bien, hay que matizar que no está mejor que esos mini-pisos que se arrendan a precio de palacio. Nos referimos al castillo de la villa de Fuentidueña, en Segovia. Rememoramos la curiosa historia de la fortaleza que, un día, estuvo al alcance del bolsillo de (casi) cualquiera.
Un castillo que ha llenado las páginas de la Historia
Fuentidueña apenas tiene hoy 125 habitantes, pero lo cierto es que tuvo su importancia durante la Edad Media. Ubicada en el norte de la provincia de Segovia, se alza sobre un estrecho valle serpenteado por el río Duratón. Su riqueza monumental ha hecho que la villa esté reconocida como Conjunto de Interés Cultural. Y su castillo, aunque hoy no sea ni una sombra de lo que fue, forma parte de él.
Pero vamos por partes. El área de Fuentidueña fue repoblada en el siglo XII, tras ser una villa fortificada en época románica, probablemente por burgaleses procedentes de Oña. Con el tiempo, su castillo sería un escenario relevante para la Historia de España. En la Edad Media, durante el reinado de Alfonso VIII, aquí se concertó la paz con el rey de Navarra, Sancho VII ‘el Fuerte’; también usó la fortaleza como escapada rural para descansar tras la batalla de las Navas de Tolosa.
Hacia mediados del siglo XIII, también visitó el castillo uno de los monarcas más cultos, Alfonso X ‘el Sabio’. Fue Sancho IV quien, en 1308, decidió otorgar privilegios cristianos a los fieles que se mudaran a vivir a Fuentidueña, ya que la población era mayoritariamente judía (y ya se sabe el antisemitismo que corría por Europa en la época).
A partir del siglo XIV, las Comunidades de Villa y Tierra de Fuentidueña se convierten en señorío. El castillo lo fue de don Álvaro de Luna en el siglo XV y, posteriormente, pasó a manos de los condes de Montijo en el siglo XVIII.
De la gloria a las ruinas
El castillo de Fuentidueña tiene una considerable extensión. Ahora bien, de su lujo medieval tan solo queda lo que nos deje ver la imaginación. Físicamente, hoy solo quedan unas ruinas que siguen estando declaradas Bien de Interés Cultural (BIC). El último movimiento de manos se produjo en la década de los setenta del siglo XX, cuando el Ministerio de Hacienda decidió subastar la fortaleza para que alguien se ocupara de ella. Tuvo un precio de salida de 25.000 pesetas de entonces, que equivaldrían a los 150 euros actuales. Se lo quedó un particular, Fernando Pertierra Peñaranda.
A las ruinas visibles en la actualidad se le añade el proceso de expolio que ha sufrido la fortaleza en el último siglo. Y es que el lado noroeste de la muralla fue parcialmente quebrada para su venta en 1957 al Museo Metropolitano de Nueva York donde, por cierto, hay más elementos patrimoniales de la geografía española. En la subida por ese flanco se halló una necrópolis de tumbas excavadas en la roca que demostrarían un primer asentamiento en Fuentidueña.
La iglesia expoliada
La muralla del castillo no es lo único que ha sufrido expolio en el pequeño pueblo de Fuentidueña. Justo debajo de la fortaleza está la iglesia de San Martín, pero para contemplar su ábside románico monumental… hay que viajar, de nuevo, a Nueva York.
La belleza del ábside deslumbró al financiero estadounidense John D. Rockefeller Jr, quien lo compró en 1958 y se lo llevó, desmontado, en unas 3.300 piezas. ¡Un inmenso puzle con el que entretenerse unas cuantas horas! Hoy luce en el museo neoyorquino The Met Cloister y es una herida que sigue sin cicatrizar en el pueblo segoviano.
Los tesoros intactos de Fuentidueña
Afortunadamente, hoy todavía siguen en pie otros elementos patrimoniales relevantes en Fuentidueña. Podemos comenzar la visita, de manera clásica, en la plaza de la Villa, donde se alza el Ayuntamiento. En el mismo lugar está el edificio señorial de la Casa de la Comunidad de Villa y Tierra, adosado a la muralla, que fue la antigua cárcel del alfoz; hoy es el lugar de reunión de los representantes de los 21 pueblos que constituyen la Comunidad de Villa y Tierra.
Más curiosa es la capilla del Palacio de los Condes, en la plaza del Palacio. Se ha desacralizado y en la actualidad es un restaurante con mesas para comer donde antes se oficiaban misas. Es uno de los Bienes de Interés Cultural (BIC) de Fuentidueña, junto al Hospital de la Magdalena, del siglo XVI; la iglesia de San Miguel, de estilo románico y del siglo XII; y las murallas, que antiguamente rodeaban la villa por el norte, sur y oeste.
También es interesante conocer el barrio de bodegas. Como su nombre indica, son nichos en los que se fermenta y almacena el vino. Están repartidas de forma desigual por una loma y están excavadas en la roca. La mayoría datan de principios del siglo XIX y muy pocas tienen lagar propio en su interior, ya que había lagares comunales. Son de carácter privado y hoy siguen manteniendo su uso original, aunque también sirven de punto de encuentro para reuniones, meriendas y celebraciones. Así que no se puede entrar en ellas —a no ser que un amable vecino quiera enseñarlas—, pero sí pasear por su interesante y bucólico paisaje.
Para acabar, una zona muy popular de Fuentidueña en los días más calurosos es el Puente de Piedra de origen medieval, que cruza el río Duratón y que lleva al parque recreativo de San Lázaro. Dispone de mesas de picnic y área de juegos infantiles. Aquí está el tramo conocido como ‘El bañadero’, que no cubre mucho y es ideal para un refrescante chapuzón veraniego.
Raquel Andrés
Periodista y aventurera. Me has podido leer en Escapada Rural, Diari Nosaltres La Veu, La Vanguardia, El Salto y otros medios. Habitante y amante de las zonas rurales, sea cual sea el destino. Procuro escaparme una vez por semana con las botas de montaña, el arnés o el neopreno. También soy un intento de baserritarra.















