La Foz de Lumbier es una impresionante garganta rocosa con paredes de hasta 400 metros de altura en el este de Navarra, cerca del límite provincial con Huesca. Es un destino bastante visitado por su espectacularidad. Ahora bien, muy cerca hay un pueblecito lleno de encanto y al que no llegan tanto los viajeros: Aibar (u Oibar, en euskera). Está a solo 12 kilómetros, pero hay que coger el desvío opuesto desde la autovía y subir un puerto de montaña de 700 metros. Hay tres cosas que hacen que merezca la pena ir hasta allí: emana un aroma medieval, hay duendes y tiene una preciosa ruta con cascadas.
Aibar, el pueblo de los duendes
Sí, en Aibar hay duendes. Concretamente, unos 800, que es el número de habitantes que tiene este pueblo de la comarca de Sangüesa. Y es que, a los aibareses (u oibatarrak, en eskera), se les conoce tradicionalmente como “duendes”. El por qué no se sabe exactamente, pero os aseguramos que no nos lo hemos sacado de la manga buscando el clickbait. Simplemente, el paso de los años, décadas o siglos, ha hecho que se haya perdido el origen del apodo.
Hay quienes relacionan el término duendes con el carácter travieso y astuto que se vincula con los naturales de Aibar. Otros sospechan que el mote podría venir del ambiente mágico que desprende el pueblo.
Una villa medieval que dio a luz al primer rey de Aragón
Lo que sí es visible y palpable es el aspecto medieval de Aibar a través de su trazado urbanístico característico con calles adoquinadas y estrechas, casas señoriales y edificios de piedra. Quedan pocos restos de lo que fue su muralla, entre ellos, el portal de Huesca y la Casa de Iziz, que son las construcciones más antiguas del pueblo. Otra erigida en el siglo XVII, Casa Chino, ha sido restaurada y se ofrece como alojamiento rural.
Sobre el cerro que corona el municipio está la iglesia románica de San Pedro, cuyo interior bien merece una visita, entre otras cosas, por su escultura gótica del Cristo del Amparo de dos metros de altura. Un paseo por el pueblo también debe llevarnos a la plaza de la Virgen, un espacio porticado con bonitos arcos que conserva una argolla en la que se encadenaba a los blasfemos, el antiguo ayuntamiento y el lavadero. En la actual plaza consistorial se pueden ver arcos medievales y una fuente, así como el monumento a Sancha de Aibar, conocida por haber tenido una relación extramatrimonial con el rey de Pamplona, Sancho III, de la cual nació Ramiro, que se convirtió en el primer rey de Aragón.
Un pueblo con tantas reminiscencias de la Edad Media debe tener, por supuesto, un mercado medieval. Se celebra hacia principios de noviembre (de cara a la festividad de Todos los Santos), un buen momento para acercarse a una villa que no hace falta engalanar mucho para hacernos viajar a otra época.
El pozo de las Hiedras y el pozo del Toro: dos cascadas en una corta ruta
Aibar tiene otro ingrediente imprescindible en una escapada rural, especialmente en primavera y en verano: dos cascadas con sus correspondientes pozas. Son el pozo de las Hiedras y el pozo del Toro. Podemos conocer ambos enclaves siguiendo una sencilla ruta circular apta para familias de 7 kilómetros y 120 metros de desnivel positivo (es casi todo llano), saliendo del mismo pueblo.
Comienza por una pista muy bien señalizada en dirección al Parque de Aventuras. Transcurre entre viñedos y junto a la Bodega Mendiko, que elabora aceite de oliva y vinos ecológicos (ofrece visitas previa reserva). Sigue por una granja ganadera y un abrevadero. Poco después, se encuentra el desvío hacia el primer paisaje de agua, hacia la izquierda y bajando por unas escaleras: el pozo de las Hiedras. Es una poza de aguas turquesas que, en su descenso desde lo alto de la sierra, dibuja una pequeña y señorial cascada.
Una paseo sencillo de 7 kilómetros permite conocer la bodega Mendiko, de aceite de oliva y vinos ecológicos; el pozo de las Hiedras y el pozo del Toro
En la vuelta hacia Aibar, a la altura de la granja junto a la que hemos pasado antes, está el cartel que indica hacia el pozo del Toro. Los locales cuentan que el nombre no tiene mayor misterio: al parecer, había un toro de la zona que solía bajar aquí a beber. Este rincón es algo más salvaje y, de nuevo, con un pequeño salto de agua que hipnotiza. Regresamos al pueblo por el sendero principal, que discurre en paralelo al riachuelo.
¿Cuándo ir? En primavera es más fácil encontrar las cascadas con mucha agua y, por tanto, con mayor belleza; ahora bien, en verano, son lugares ideales para refrescarse ante las altas temperaturas.
La cercana ruta de la Foz de Lumbier, un imprescindible de Navarra

Si has conocido Aibar antes que la Foz de Lumbier, apunta esta otra ruta como obligatoria en tu visita a la zona. Es un enclave impresionante en el municipio de Lumbier que sigue las cristalinas aguas del río Irati a través de un espectáculo natural de rocas, túneles y rincones secretos de baño. Existe una ruta de tipo lineal muy sencilla, igualmente apta para familias, de 3,6 kilómetros entre ida y vuelta. Se puede hacer con carrito y silla de ruedas. Comienza en un aparcamiento oficial que en temporada alta es de pago (es barato) y tiene punto de información, merendero y aseos públicos.
La ruta también es conocida como vía verde del Irati, ya que por aquí iba un antiguo ferrocarril que conectaba Sangüesa con Aoiz y Pamplona (aún se ven restos de postes). El camino discurre por una garganta, entre altas paredes de roca, y atraviesa dos túneles (en algún momento toca encender la linterna). También pasa cerca del puente del Diablo, en ruinas, ya que fue destruido en la guerra de la Independencia. Un consejo: tras cruzar el primer túnel, veréis un sendero que desciende hacia el río a la derecha. Si lo seguís, en una bajada corta, pero intensa, llegaréis a un paraje espectacular en el que os podéis pegar un chapuzón en el río.
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Raquel Andrés
Periodista y aventurera. Me has podido leer en Escapada Rural, Diari Nosaltres La Veu, La Vanguardia, El Salto y otros medios. Habitante y amante de las zonas rurales, sea cual sea el destino. Procuro escaparme una vez por semana con las botas de montaña, el arnés o el neopreno. También soy un intento de baserritarra.









