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Torrijas: la historia de un dulce histórico y sus diferentes nombres

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Toriijas
Por robcartorres

¿Cuándo se inventaron? ¿Por qué se comen en Semana Santa? ¿Son lo mismo que las tostadas francesas? ¿Es muy difícil hacerlas en casa? Hay muchas dudas al respecto de las torrijas, aunque sea uno de los dulces más conocidos de la gastronomía española. Y más antiguos, también ¿Quién no las ha probado alguna vez? Este último interrogantes es el único que no tiene una respuesta respaldada por datos pero, teniendo en cuenta su popularidad, es legítimo pensar que “muy poca gente” puede ser lo correcto.

Los orígenes de la torrija pueden remontarse a los siglos IV o V, cuando se ‘publicó’ el libro De re coquinaria que se atribuye a Marco Gavio Apicio, un romano que vivió en el siglo I durante la etapa de emperador Tiberio. En la publicación aparecen dos recetas que podrían considerarse el germen de las actuales torrijas, aunque en ellas falta uno de los ingredientes principales hoy en día: el huevo con el que se reboza al pan empapado en leche o en vino.

En realidad, el primer documento que se tiene en la actualidad en el que se utiliza la palabra ‘torreja’ es del siglo XV, en un villancico incluido en el Cancionero (1496) de Juan del Encina, un artista polifacético del renacimiento en España durante la época de los Reyes Católicos. El término aparece en un verso que dice “miel y muchos huevos para hacer torrejas”. En él habla del alimento que hay que llevarle a la virgen María después de dar a luz al niño Jesús.

¿Por qué? Pues porque históricamente, este dulce se le llevaba a las recién paridas para ayudarles a producir más leche (no hay base científica en esta creencia. Puede que también fuese para darles una alegría después de los dolores del parto). De hecho, no en todos los sitios de España se les llama torrijas, sino que en algunas comunidades su nombre hace referencia al tema de las madres recientes. Volveremos a ello más adelante.

La primera vez que la palabra torrija se utilizó para nombrar a un dulce más o menos similar al que se prepara hoy en día fue en el recetario del famoso Francisco Martínez Montiño. También conocido como ‘El cocinero real de los Felipes’ (trabajó en palacio desde el reinado de Felipe I hasta el de Felipe IV) es el autor del libro Arte de Cozina, Pasteleria, Vizcocheria y Conserveria de 1611. En él también aparecen las instrucciones para elaborar algunos de los platos que aún son populares hoy en día como, por ejemplo, los frixuelos asturianos.

A partir de ahí, podría decirse que la torrija empezó a ser oficialmente torrija y su receta fue evolucionando poco a poco hasta ser la actual. Ya no se asocian a las parturientas aunque durante mucho tiempo sí fue así. Lope de Vega las menciona en un fragmento de su obra dedicada a San Isidro Labrador en 1599 (patrono de Madrid): “Si haziendo torrijas andan, sera para la parida”. La asociación continuó aproximadamente hasta el siglo XVIII y de hecho, como se mencionó párrafos antes, en algunas comunidades se sigue haciendo referencia a estas costumbres.

En las Islas Baleares se las denomina sopas de partera y en Galicia también se puede escuchar en algún momento torradas de parida. Además, hay sitios en los que ni se las llama torrijas (aunque en toda España se sabe lo que son. Es decir, raro sería que en Menorca no supieran que una torrija es una sopa de partera) ni tienen nada que ver con la maternidad. Por ejemplo, en el País Vasco y en Cantabria son tostadas, en Asturias son picatostes, en Navarra son randillas o raldillas y en las Islas Canarias son rebanadas.

Uno de los dulces típicos de Semana Santa

Torriijas
Por decoplus

El por qué se comen en Semana Santa no está demasiado claro. Después de que dejasen de ser un bien gastronómico reservado a las embarazadas, su consumo se popularizó y no tendría por qué estar sujeto a ninguna temporalidad. Puede atribuirse a que es un producto que no vulnera ninguna de las restricciones de alimentación impuestas por la Iglesia durante la Cuaresma. 

Por otro lado, hay quien las vincula directamente con lo que dice la Biblia. Según Esteban Fernández, de la Asociación Empresarial de Pastelería Artesanal de la Comunidad de Madrid, el pan representa el cuerpo de Cristo que fallece en esta fecha. Eso le aplica a ese pan el adjetivo de ‘muerto’ y para resucitarlo se necesitan la leche y los huevos. La fritura simboliza el sufrimiento de Cristo y el producto final, la resurrección. Cada cual que se quede con la teoría que más le plazca.

Pero, al igual que no en todas las partes del país se llaman igual, tampoco son ‘típicas’ de la misma fecha. En el País Vasco son propias de Carnaval, así como en las Islas Canarias y en Asturias, donde se comen junto a los frixuelos. En Cantabria se toman en Navidad y en Navarra en San José (Día del Padre), el 19 de marzo. 

¿Es muy difícil hacerlas en casa? Teniendo en cuenta que se trata de un bocado popular sería raro que lo fuese. Y la verdad es que hay que ser bastante negado o negada en la cocina para estropear la receta. Evidentemente, pueden salir mejor o peor, pero fallar tanto como para tener que tirarlas es muy complicado.

Cada maestrillo tiene su librillo y habrá quien le ponga algún ingrediente ‘especial’ para darles su toque, pero los básicos son: pan duro, leche, huevos, canela y un poco de piel de naranja. Se aromatiza la leche con la canela y la naranja y se baña con ella el pan partido en rodajas. Se deja un rato para que el pan absorba el líquido y posteriormente se va pasando por el huevo batido cada rodaja de pan y se fríe en aceite caliente. También es tradicional hacerlas con vino en lugar de leche (el vino tardaba más tiempo que la leche en ponerse malo).

Hay quien las baña con miel, las espolvorea con azúcar o las deja sin más aderezos. También hay personas que le echan un poco de anís a la leche, así como vainilla o limón y quien en lugar de vino o leche usa alguna bebida como crema de orujo. Todo es cuestión de las ganas que se tenga de experimentar en la cocina.

Y, por último ¿son lo mismo que las tostadas francesas o ‘french toast’? Se parecen mucho pero no son exactamente lo mismo. En primer lugar, pueden hacerse con pan de molde en lugar de pan duro y los pasos no son los mismos. En segundo, en esta receta gala se mezcla la leche con el huevo, el pan se remoja directamente en el líquido y se fríe con mantequilla. ¿Saben mejor? Esto sí que es cuestión de preferencias, aunque si ambas fórmulas llevan siglos funcionando es bastante justo suponer que son manjares. 

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