Por beats_

Se pueden sacar a colación sus bondades para la salud, como que es un buen regulador de la hipertensión, un potente torrente de antioxidantes o un potenciador del buen humor, pero para qué. Pocas cosas en la vida son tan fáciles como convencer a alguien de que coma un poco de chocolate: con solo olerlo ya querrá hincarle el diente.

Como muchos otros elementos que ahora son habituales en nuestra gastronomía, como las patatas o el maíz, el cacao –semilla de la que a partir de la cual se elabora el chocolate– llegó a España después de que nuestros antepasados colonizaran América, esa hazaña tan cuestionable.

En un principio, los conquistadores no le dieron mucha importancia a ese fruto que parecía una almendra desmesurada, pero a finales del siglo XVI su consumo ya se había extendido por España. Sin embargo, pese a que ahora se puede encontrar de mil formas, hasta la segunda mitad del siglo XIX el chocolate se tomaba como una bebida caliente.

Habitualmente se servía en jícaras, unos cuencos pequeños que podían estar hechos de diferentes materiales. Esto dependía de lo honorable que fuese el anfitrión: el barro para el más humilde pasando por la plata para el elevado hasta la loza fina y personalizada de “la zona VIP”.

Acostumbradas a detectar los placeres de la vida antes que nadie, fueron las clases altas las que popularizaron el consumo del chocolate, que poco a poco fue calando hasta los estratos inferiores de la sociedad. La Revolución Industrial impulsó la producción y la aparición de la burguesía trajo consigo las confiterías y los salones de té, donde los bombones y las tazas de chocolate humeantes eran indispensables a la hora de la merienda.

Tiempos modernos

Por auremar

A finales del siglo XIX, la fabricación del chocolate estaba en manos de empresas familiares que elaboraban sus productos de manera artesanal. Primero moliendo el cacao a mano con molinos de piedra y luego con máquinas que, aunque rudimentarias, fueron facilitando y haciendo más rápido un trabajo más que árduo.

Con la segunda fase de la Revolución Industrial, la producción del chocolate se trasladó a fábricas cada vez más automatizadas y con una capacidad de rendimiento que dejó muy atrás a los negocios pequeños. El final de la historia –por el momento– se puede ver en la sección de dulces de cualquier supermercado.

Pero el progreso (o lo que se considera como tal) también trae consigo una especie de efecto rebote, que hace que lo artesanal haya crecido en consideración. Unos huevos de gallina criada en un corral de pueblo saben diferentes a los que los que provienen de una granja industrial y lo mismo ocurre con el chocolate. La tableta de la marca globalizada puede estar buenísima, pero la artesana juega en una liga superior.

De onza en onza

Los amantes de este producto tienen suerte porque en España hay unos cuantos lugares que visitar en busca de un buen chocolate artesanal.

La Comunidad Valenciana merece una mención especial ya que en sus tierras se concentran varios de los obradores más importantes, algunos con su propio museo. En la localidad de Sueca se encuentra la casa de chocolates Comes, abierta desde 1870, aunque como explican en su web, la relación de la familia con el chocolate se remonta muchos años atrás.

Entre sus especialidades está la elaboración del bollet valenciano, una especie de cilindros de chocolate que a la vista parecen puros, que hacen a la antigua usanza. Se tuestan los granos de cacao, se remueven hasta que se les despegue la piel y después se muelen en una piedra llamada metate. Una vez conseguida la pasta, se le da la forma. Desde el 2002 se puede visitar su museo del chocolate, donde exponen piezas y utensilios antiguos relacionados con su labor.

En Torrent, uno de los municipios con más tradición chocolatera, está la empresa artesana Chocolates Rafael Andreu, donde también hacen el mencionado bollo, chocolate en polvo a la taza y chocolate instantáneo Maroto, muy conocido. En Villajoyosa está Chocolates Pérez, una empresa que lleva más de 120 años de elaboración artesanal. En su obrador tienen tienda y también su correspondiente museo.

En Andalucía hay otros dos puntos de interés para los golosos. En la sierra de Cazorla, concretamente en Pozo Alcón, está el obrador de María José Gámez, Apisierra. Empezó con la elaboración de miel pero luego, con el asesoramiento de maestros pasteleros, se introdujo en el mundo del chocolate. Actualmente vende bombones de sabores, licor y hasta miel con chocolate. Además de por los dulces, la visita a la zona merece la pena por su paisaje natural, con numerosas opciones para los aficionados al senderismo.

Y en Pitres, en la Alpujarra granadina, está Chocolates Sierra Nevada. Trabajan con cacao importado de Bélgica y están especializados en higos bañados en chocolate, aunque también tienen rarezas como chocolate blanco con melón o con sabor a chicle, todos artesanos.

Históricamente, el clero ha estado muy ligado al chocolate (y a la repostería en general, muchos dulces típicos del país salieron de conventos). En concreto, los monjes cirtenses comenzaron a elaborar productos basados en el cacao desde que lo trajeron de América. En Castilla y León vive un ejemplo de ello: el Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta en Soria, donde los integrantes de la comunidad elaboran diferentes tipos de tabletas con niveles de cacao que van del 70% al 90%.

Y en León, concretamente en el pueblo Castrocóntrigo, se ubica una de las fábricas que trabaja de manera más artesana de país, Santocildes. Lleva haciéndolo más de 100 años y sus productos son de los más reconocidos por los gourmets chocolateros. También tiene su propio museo, en el que muestran las máquinas y aparejos que se utilizaron hace un siglo (sin exagerar).

Casi todos los productos de los obradores mencionados se pueden comprar por Internet, pero el espíritu del chocolate es viajero –salió de América en barco y no ha parado de recorrer mundo– y la satisfacción que proporciona bien merece el recorrido. Terminar el día de viaje saboreando un bombón no parece la peor de las opciones.

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