Ni mar ni palmeras: 5 islas de agua dulce que puedes visitar en España
Escrito por
24.08.2026
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Isla de Zuhatza, en el embalse de Ullibarri-Gamboa (Álava). Por jon_chica
«¿Qué te llevarías a una isla desierta?». Cuando escuchamos esa pregunta clásica, la mente automáticamente viaja a un trozo de tierra remota con una palmera solitaria, arena fina y un horizonte infinito de mar salada. Sin embargo, la España rural esconde secretos geográficos fascinantes custodiados por el agua dulce: las islas de interior.
Aquí no hay olas rompiendo con fuerza ni playas masificadas. En su lugar, estos singulares pedazos de tierra emergen abrazados por embalses de aguas tranquilas, ríos serpenteantes y humedales con una biodiversidad asombrosa. Además, la aventura comienza antes de pisar tierra firme, ya que para alcanzarlas hay que cruzar a pie un bonito puente colgante, subir a un barco o ponerse a los mandos de un kayak. Si buscas una desconexión absoluta y una escapada rural en la que aislarte (aún más) de todo, te invitamos a conocer estas cinco preciosas islas visitables en el interior de España.
Isla de Zuhatza (Álava)
En el gran mar interior que dibuja el embalse de Ullibarri-Gamboa, en Álava, emerge como un espejismo la isla de Zuhatza. Este trozo de tierra es un lienzo de pinares frondosos rodeado —aunque no se aprecia— por el agua del río Zadorra. Hay que decir que Zuhatza no siempre ha sido una isla: en realidad es una colina que quedó al descubierto cuando se inundó la localidad de Landa. También se la conoce como “isla de los conejos”. Te puedes imaginar el porqué. Ahora bien, no es la única fauna: con un poco de suerte y maña, puedes llegar a divisar corzos y jabalíes.
En buena parte de sus actuales 500.000 metros cuadrados hay cabañas de un albergue que acoge a escolares y asociaciones juveniles, sobre todo entre mayo y principios de octubre. El público general puede acceder a la isla de abril a junio (ambos meses incluidos) y desde la segunda quincena de agosto hasta octubre. Es un espacio verde ideal para hacer caminatas (cortas y sencillas), como la ruta del Mirador, de 4,5 kilómetros. También es un buen destino para practicar deportes náuticos o bañarte en una de sus cuidadas playas de Landa y Garaio. Para llegar, hay que coger el ferry del Club Náutico de Aldayeta, en Nanclares de Gamboa.
Isla del Pan (Ciudad Real)
El Parque Nacional de las Tablas de Daimiel es el último ejemplo de ecosistema de tablas fluviales (el desbordamiento de ríos en sus tramos medios), por lo que se le considera un humedal único en Europa. Dibuja un paisaje con más de 30 islas que quedan rodeadas de aguas someras. Una de ellas es la isla del Pan, conocida por su ruta circular de 3 kilómetros. Y es que, para llegar hasta aquí, no hay que coger ninguna embarcación: basta con caminar por las pasarelas o puentes de madera que conectan el entorno.
El trayecto es llano y cómodo, apto para familias y accesible para personas con movilidad reducida. Además de la isla del Pan, el recorrido pasa por otras como La Entradilla y la isla de los Tarayes. Es un enclave privilegiado para prestar atención a la fauna, con ejemplares de focha común, gallineta de agua, ruiseñores y anátidas, entre muchos otros, que se relacionan en un peculiar paisaje de carrizos, espadañas y masiegas.
No es una isla al uso. Al estar en pleno parque nacional, no tiene quioscos, bares ni tiendas. Eso favorece, precisamente, la conexión con la naturaleza en un paraje remoto. Un oasis ecológico para disfrutar de un silencio que solo se rompe con el aleteo de las aves migratorias.
Isla Cabeza de la Viña (Jaén)
La isla Cabeza de la Viña sobresale en medio del inmenso embalse del Tranco, en pleno Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. Es un gran trozo de tierra de más de mil hectáreas en el corazón del Área de Reserva de Bujaraiza. Tiene un acceso de lo más caprichoso: solo se puede ir hasta ella caminando cuando las aguas del pantano están bajas, desde su extremo suroeste, por la zona de ruinas del castillo de Bujaraiza. De lo contrario, si el caudal del río Guadalquivir está alto, hay que desplazarse en embarcaciones sin motor (como una canoa o un kayak).
Si consigues llegar de una forma u otra hasta la isla, puedes disfrutar de su entorno natural de densos pinares siguiendo una ruta de 11 kilómetros por una pista que la rodea por completo y que permite contemplar los restos del antiguo cementerio del pueblo. Uno de los caminos también asciende a su cumbre, a 832 metros de altitud.
Por supuesto, no hay bares ni ningún tipo de servicio, es un enclave salvaje. En tiempos remotos, el pantano del Tranco era una laguna natural que, por erosión remontante, se fue abriendo paso por el desfiladero en el que hoy está construido el muro de la presa.
Illas de Gres (Pontevedra / A Coruña)
Lejos del asfalto de las grandes urbes, en el límite rural entre Vila de Cruces (Pontevedra) y Boqueixón (A Coruña), el río Ulla se ramifica creando el archipiélago de las Illas o Ínsuas de Gres. Son cinco pequeños islotes fluviales cubiertos por una espectacular y sombría carballeira (bosque de robles). Cada una tiene un nombre: Ínsua da Praia, Ínsua de San Ramón, Ínsua de Pachín, Ínsua dos Namorados e Ínsua das Palletas. Existe una sexta río abajo, pero no está unida con el resto.
En sintonía con la desconexión que el imaginario popular ve en una isla, en ellas no hay bares, quioscos ni similares (eso sí, a pocos pasos, en la aldea de Gres, hay restaurante). Sus únicos equipamientos son mesas, bancos, barbacoas y un antiguo palco de música integrados para la celebración de fiestas. En verano son bastante frecuentadas por locales, ya que tienen una playa fluvial. Para llegar no hay que alquilar ninguna embarcación, ya que se puede ir en coche hasta la ribera y acceder a través de unas bonitas pasarelas de piedra que conectan las islas y salvan la corriente del río.
Ínsuas do Miño (Lugo)
En el corazón de la Reserva de la Biosfera Terras do Miño, las Ínsuas do Miño son unas pequeñas islas originadas por la sedimentación de materiales de los meandros del río gallego entre los pueblos rurales de Rábade y Outeiro de Rei. Existe una ruta de senderismo circular de 5 kilómetros, apta para familias, que comienza a la altura de la Ponte Vella de Rábade, que es un puente medieval.
Acompaña la caminata un paisaje de sauces, fresnos, abedules, robles, aceros y hasta prados de cultivo en los que se suelen ver vacas y caballos. El recorrido permite conocer el interior de la Ínsua de Abaixo gracias a pasarelas y pequeños puentes de madera.
Raquel Andrés
Periodista y aventurera. Me has podido leer en Escapada Rural, Diari Nosaltres La Veu, La Vanguardia, El Salto y otros medios. Habitante y amante de las zonas rurales, sea cual sea el destino. Procuro escaparme una vez por semana con las botas de montaña, el arnés o el neopreno. También soy un intento de baserritarra.
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