El pueblo del Moncayo que esconde un castillo dentro de una cueva y una ermita incrustada en la roca
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28.10.2026
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La cueva del Castillo en Los Fayos, el pueblo a los pies del Moncayo (Zaragoza). Por Chemari
El Moncayo es una montaña sagrada y mítica que marca la frontera entre Zaragoza y Soria. Su silueta, que emerge de forma abrupta en medio de una llanura, ha fascinado a celtíberos y romanos, además de inspirar a poetas y artistas de diferentes épocas. A veces, vale la pena bajar la mirada y contemplar lugares más terrenales, pero igualmente fascinantes. En las faldas de esta montaña “isla” del Sistema Ibérico, en la parte maña, se halla un pueblo poco conocido con una belleza embrujadora: Los Fayos.
Los Fayos, un pueblo a los pies del Moncayo con un atardecer mágico
El Instituto Nacional de Estadística (INE) dice que tiene 135 habitantes, aunque una mujer que toma el fresco en la calle al atardecer asegura que, “vivir, vivir, a diario”, serán “unos treinta”. Como persona que solo ha conocido esto, dice no entender por qué algunos fines de semana suelen aparecer algunos autobuses de turistas. “Lo verán bonito, pero es un pueblo como cualquier otro”, comenta con gracia, sin pizca de reproche porque aquí no han llegado —al menos, todavía— las masificaciones. Pero vaya que si tiene encantos…
Empezaremos por el final, por el final del día. El atardecer es un momento mágico que se extiende como un abrazo sobre Los Fayos. Es un pueblo pegado a la montaña. De hecho, tiene una vinculación muy especial con la roca que le rodea, que le flanquea, que le abriga. El sol del ocaso se refleja con sus tonos dorados en las suaves colinas de enfrente, mientras las calles del pueblo, mimadas hasta el extremo, se van ocultando en la oscuridad. Su casco urbano, con pasajes estrechos y algo empinados, alberga rincones cuidados no para el turismo, sino por y para sus propios habitantes: plantas, macetas colgantes, cuadros pintados en puertas que perdieron su antigua utilidad, gateras artísticas, murales…
El castillo de Los Fayos y la cueva del Caco: una fortaleza dentro de la roca
Y así, yendo hacia la parte alta, entre callecitas con mucho encanto, se llega hasta uno de los enclaves más característicos de Los Fayos: la cueva del Caco. Cuenta la leyenda que un gigante mitológico, amigo de lo ajeno, fue el primero en habitar la gruta. Al parecer, robó 4 bueyes y 4 vacas a otro gigante de la zona, Hércules, y lo escondió aquí. Cuando el resto del ganado escuchó los mugidos de una de las novillas robadas, lo siguió, de forma que los dos colosos se encontraron y combatieron. Se dice que el Moncayo fue la última piedra que Hércules puso encima del derrotado Caco.
Fábulas a un lado, la cueva es de grandes dimensiones (14,30 metros de diámetro y 17 metros de altura, con una boca de entrada a la cueva de 9 metros de anchura) y forma parte del castillo medieval. Está dotada de silo para el almacenamiento de cereal y aljibe para resistir en caso de asedio. La entrada está en alto, porque antes se usaba una escalera móvil que se podía retirar en caso de ataque.
En la actualidad, se llega a través de una escalera de metal. Tiene una pequeña jaula de acceso con horario de apertura: en invierno, de 10h a 17h; en verano, de 10h a 20h. En la parte de arriba, se puede seguir unos pocos metros por una repisa de piedra protegida por una barandilla.
Desde el interior, antiguamente se podía acceder a lo alto del risco, donde estaban los elementos defensivos. Hoy la única forma de ir a la parte alta es siguiendo un camino de 333 escalones (en el pueblo está marcado como “subida ruinas torre del castillo”) que conducen a una torre de planta cuadrangular y a los restos de una torre vigía de planta circular. Además de los vestigios, compensa subir por las vistas panorámicas.
Bordeando la montaña por el pueblo, pronto se llega a la cueva del Castillo, uno de los pocos ejemplos existentes en España de este tipo de fortificación. Las intervenciones arqueológicas han determinado que se construyó en la primera mitad del siglo XII, en el contexto de guerras de frontera entre Aragón, Navarra y Castilla. Unas escaleras permiten acceder a su interior, donde es visitable una sala. La plataforma exterior ofrece otra bonita perspectiva de Los Fayos.
La ermita de San Benito está excavada en la roca
Aún queda una última estancia construida dentro de la montaña en Los Fayos: la ermita de San Benito. Se encuentra en la calle Mayor y tiene una fachada de lo más peculiar. Es un edificio del siglo XVIII de planta cuadrangular que aprovecha un hueco de las rocas tallado por la erosión. Y así luce esta iglesia encajonada en la roca. Se dice que hay varias cuevas que fueron utilizadas por monjes eremitas, algunas de ellas solo accesibles desde el mismo monasterio.
Cómo entrar en la ermita de San Benito, en Los Fayos
Para visitar este curioso templo, hay que acudir al Centro de Visitantes de Los Fayos, que abre de jueves a domingo de 11h a 13.30h y de 15.30h a 18h. Aquí organizan dos recorridos guiados al día por el pueblo.
Una ruta familiar siguiendo huellas de dinosaurios
Quienes viajan con peques aún tienen un plan más que hacer en este pequeño pueblo: seguir la ruta de los dinosaurios de Los Fayos. Es un corto paseo por el pueblo que surgió como homenaje a las aves que habitan la localidad y en memoria de sus antepasados, los dinosaurios voladores. A lo largo del camino se pueden ver nidos con huevos gigantes y carteles explicativos. Incluso dentro de la cueva del Caco es posible ver algunos de estos enormes huevos. El paseo es llano, junto al río y entre nogales.
Se puede completar el paseo subiendo al mirador del embalse del Val. Y qué mejor manera de acabar el día o hacer una pausa que ir al único restaurante del pueblo: el mirador del Caco. El nombre no es casual, y es que está en alto y enfrente de todo el casco urbano, ofreciendo una panorámica preciosa de un núcleo construido bajo y dentro de la montaña.
Raquel Andrés
Periodista y aventurera. Me has podido leer en Escapada Rural, Diari Nosaltres La Veu, La Vanguardia, El Salto y otros medios. Habitante y amante de las zonas rurales, sea cual sea el destino. Procuro escaparme una vez por semana con las botas de montaña, el arnés o el neopreno. También soy un intento de baserritarra.
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